Comedia de lo solemne, recuerdos del porvenir
Hubo un tiempo en que la historia parecía tener nombre y rostro, un sentido claro, casi una épica. Luchamos con la certeza de estar en algo grande. Cada manifestación, cada palabra, cada voto abría una fisura en la mampostería de los intocables. A diestra y siniestra se nos miraba —y aún es así— con ese desprecio tan propio de la gente bien: que si hordas fanatizadas, que si las causas de los pobres son causas pobres, etcétera. Pero lejos de rendirnos, marchamos, votamos, nos chingaron; nos organizamos, volvimos a votar, nos chingaron otra vez, resistimos, tomamos vuelo… y la historia, por un momento, pareció moverse.
Con devoción creímos que la transformación sería un punto y aparte. Y lo fue. Pero hoy parece más bien un punto y seguido. La transformación sigue, pero también ella cambió. Ya no es sólo horizonte ni promesa: es gobierno, rito y costumbre. El pueblo la siente suya, porque no es sino su propia hechura. Y entre quienes la acompañamos con diferentes intensidades y el protagonismo más honroso —el de multitud—, desde los años de terquedad y derrota, no faltan los que sentimos eso que en lengua portuguesa se llama saudade.
Algo, pues, se ha transformado también en nosotros. La historia que ayudamos a escribir empieza a volverse recuerdo. No es desencanto exactamente; más bien esa sensación de seguir creyendo, pero con el aplomo —y el cansancio— que dejan los años. El vértigo de quien ve a su causa crecer, cambiar de piel, volverse otra sin dejar de ser la misma. Tampoco es nostalgia ni reniego: es esa emoción de ver cómo la transformación hereda su pasado, sus pasiones y heridas, y avanza hacia un futuro incierto que aún no sabemos nombrar. Se transforma.
Aquí se escribe desde un silencio raro: fe terca, ironía a modo de vacuna y cariño por un pueblo que sigue escribiendo su propia historia, muy a pesar de sus intérpretes. No desde arriba ni desde lejos, sino desde el modesto ejercicio de urdir palabras para que la costumbre no sustituya al asombro.
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