La forma del agradecimiento

 

En febrero del año 2024, cuando la sucesión presidencial agitaba lealtades y certezas, Andrés Manuel López Obrador publicó ¡Gracias! En medio de la estridencia electoral, su tono parecía venir de otro tiempo: pausado, pedagógico, casi litúrgico. El todavía presidente aventó una piedra en el agua: poca espuma, ondas largas.

Todo el libro respira un estilo llano: repeticiones, parábolas, frases-sentencia. No busca deslumbrar, sino algo más difícil: subirle el nivel, no como quien acumula terminajos de relumbrón y apellidos impronunciables para disimular el vacío, sino como quien toma ideas complejas y las devuelve al habla común sin diluirlas; elevar sin excluir, traducir sin domesticar. Una pedagogía que no infantiliza ni elitiza, sino que democratiza el sentido. Sofisticación medida en claridad y eficacia política. Por eso la gente bien, cuando excepcionalmente se digna a leer a López Obrador, rara vez lo entiende y siempre lo subestima. Allá ella.*

El libro es herético para quienes sólo admiten lo popular como objeto, nunca como pensamiento por derecho propio. Revela que hay una inteligencia que camina, mientras otra (de derechas o de izquierdas por igual) apenas mira desde noticias y encuestas, o peor: elucubra con aspiración teoricista o prescriptivista, no pocas veces bajo el canon de la razón imperialista. Y conocemos el reflejo: la alarma de "antiintelectualismo". Lejos de ello, se trata de un pensamiento que no se arrodilla ante las élites culturales; por eso mismo parece sedición. Para ciertos custodios del discurso, el pueblo puede votar, marchar, sufrir… pero pensar, jamás. Aquí lo que incomoda no es tanto López Obrador cuanto el desacomodo en el reparto del poder simbólico, el México profundo que gana terreno al México imaginario. Si el país se piensa desde abajo, ¿qué queda para quienes lo piensan desde arriba… incluso invocando un abajo pero no a pie de igualdad? Más que cualquier crítica a las élites, cala la revocación de autoridad para mediar lo que se entiende.

La trama de ¡Gracias! sugiere un arco reconocible: formación, prueba, redención y legado. Avanza de la resistencia a la victoria, de la denuncia al gobierno, del gobierno al retiro. Pero no nos engañemos. Su protagonista no es el individuo. Cada capítulo va trazando el contorno de un líder que se disuelve en la multitud que lo hizo posible. Allí encontramos su núcleo ético: el pueblo sustituye al héroe, la honestidad al poder, la gratitud al mando. No es casual el último acto: abdicar del personaje. La gratitud es la forma elegida para desaparecer sin dejar vacío.

El libro es entonces algo más que un relato; es un artefacto. Lega principios, forma virtudes y orienta a quienes siguen la marcha, desde una mirada forjada no sólo por historia y antropología, sino sobre todo por la inédita hazaña de haber convivido con personas de todos los municipios del país. Sus veinte capítulos ordenan una vida y una época con una gramática simple que es por eso mismo exigente: honestidad como principio, justicia social como fin, amor como método.

¡Gracias! se lee entonces como un intento de componer una imagen con lo que en la historia es movimiento, una figura completa y al mismo tiempo abierta, ni puramente racional ni enteramente emotiva. Ha dejado de hablar desde la urgencia y puede hacerlo desde la gratitud; de ahí su tono de serenidad, pues el autor escribe sabiendo que la demostración se decidió en la práctica: "lo importante son los hechos". Pero junto con el reposo del ciclo que se cumple, convive la tensión del país que sigue su marcha. Esa ambivalencia atraviesa el libro: mientras una mano escribe el adiós, la otra dibuja el porvenir. En el centro de la dualidad está el pueblo, no como destinatario, sino como autor colectivo del proceso. El agradecimiento final es despedida pero también devolución, como si el poder se deshiciera de su propia investidura y regresara a su fuente.

La gratitud, sin embargo, no equivale a descanso. Leída al final de un ciclo, suena menos a cierre que a traspaso. De ahí la dedicatoria: "Para los jóvenes". Quien agradece no se retira; se repliega para dejar espacio. Hay una calma que no viene del cargo, sino del pueblo que persiste. Y en esa calma se adivina una advertencia. Porque lo que en el libro se plantea una y otra vez —la política como servicio, la honestidad como virtud, el pueblo como protagonista— aparece en manos de no pocos relevos como simulacro, ambición, o vanidad de quienes hablan en nombre de un proyecto que quizá nunca comprendieron. Mientras el viejo líder escribe un catecismo de gratitud, ciertos "cuadros" reproducen los vicios de lo que se combatió. La paradoja es amarga. 

Con todo, algo persiste. Quizá no una imposible pureza, sino un modo de hacer historia: austero, paciente, casi místico. Porque "gracias" aquí no significa "adiós"; significa: “sigan ustedes, háganlo con decencia”. Es un vínculo entre un pueblo que aprendió a gobernar y un líder que aprendió a servir. Lo que deja es la figura de una política que sólo vale mientras es capaz de agradecer, porque quien agradece ya no necesita mandar.




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* Lo que de paso explica el silencio alrededor del libro ya no digamos en Letras Libres o Nexos (comprensible), sino también en revistas que presumen sensibilidad de izquierda. Cierto: Jacobin publicó un extenso comentario, más orientado a balance del primer sexenio obradorista, con una tímida alusión al libro, fiel a la ansiedad del izquierdismo elitista ante procesos populares que no encajan en el libreto revolucionario. En Memoria encontramos una reseña más atenta, aunque todavía en el registro de la cortesía ilustrada. Mención aparte merece que el libro más relevante hasta hoy para el obradorismo no ameritara presentación en el Instituto de Formación de Morena. A veces, el ceremonial del vacío dice más que una crítica.

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