"Progre buenaondita", o la ingeniería de un proyectil verbal


Cuando una figura con la gravitación de López Obrador toma un término coloquial y lo instala en la disputa política, es cuando menos ingenuo indignarse y reducir esa operación a mera ocurrencia, chiste o insulto. Porque hay palabras que describen, otras que ordenan y otras que reconfiguran el campo en el que se pronuncian. Esto es lo que sucede con “progre buenaondita”: se vuelve instrumento, y como todo instrumento, tiene diseño.

Pensemos en “fifí”. Es una palabra que ubica, independientemente de que su significado sea unívoco o no. Su potencia no reside en la definición, sino en que en lo político activa dinámicas de fuerza y de sentido. No se usa para ganar un debate, sino para cambiar sus coordenadas. Como otras de su familia, no se entiende por diccionario, sino por uso.

Algo parecido ocurre con "progre buenaondita". Cuando se incorpora al repertorio del obradorismo y se pone en circulación, en la superficie es la difusión de un apodo, pero ocurre algo más. Se activa un marco de sentido y de acción que por obviar la descripción que el propio expresidente hizo (algo característico de los conservadores) genera equívocos: la idea más o menos obvia de que no toda identidad progresista opera políticamente como progresista; que hay posiciones discursivas que, en el conflicto histórico concreto, terminan alineándose con la reproducción del orden que dicen criticar. La expresión apunta entonces a una disonancia entre autopercepción y función estructural.

Aquí deja de ser anécdota y entra la sociología. Cierta facción de la clase dominante detenta una forma de poder singular: el monopolio legítimo de la racionalidad. Periodistas, académicos, intelectuales, opinadores… todas estas posiciones acumulan un capital que no es económico —como en la facción dominante de la clase dominante— sino cultural y simbólico. Su autoridad descansa en presentarse como instancias de juicio universal. No gobiernan, pero dicen qué es gobernar bien. No mandan, pero dictaminan qué es lo justo.

Ese lugar pasa por convertir un punto de vista situado en un punto de vista que se presenta como exterior al conflicto. Se habla “desde la ética”, “desde la teoría”, “desde los derechos”, “desde la evidencia”, como si esas categorías no estuvieran ya atravesadas por el campo de fuerzas en el que circulan. No extraña entonces el extrañamiento frente a la cuña que introduce “progre buenaondita” en esa ilusión. La magia que activa consiste en subvertir la ilusión del crítico como árbitro porque lo devuelve como jugador.

Desde luego, quien escuche el mote desde el modelo deliberativo liberal de democracia verá “empobrecimiento” en una etiqueta que reemplaza el debate por la descalificación. Pero esa reacción parte de un supuesto muy particular: la idea de que el espacio público es, o debería ser, una especie de seminario ampliado donde las posiciones se evalúan por su coherencia interna y su respaldo empírico. Modelo que, por definición, ya presupone un tipo de inclusión y otro de exclusión.

No obstante, un marco plebeyo de la política opera desde otra ontología. El criterio último no es la sutileza del argumento sino su inscripción en la historia concreta: quién carga los costos, quién asume las contradicciones de gobernar, quién se coloca cuando el conflicto no es teórico sino material. En ese marco “progre buenaondita” no cancela la crítica; simplemente hace visible que también es práctica social y toma de partido. Y que también puede convertirse en coartada para no asumir responsabilidad histórica.

El término hiere porque no acusa ignorancia o mala fe. Alguien puede genuinamente sentirse progresista y, sin embargo, hacer las veces de válvula política de un orden que no se quiere transformar. Más que discutir una idea, toca una identidad. Es desestabilizador porque señala incongruencia estructural. Para la facción cultural de la clase dominante, cuya autoridad descansa en la creencia de que su palabra es crítica por definición, eso es una pérdida de estatus. Es el paso de la universalidad a la posición. De la altura ética e intelectual al suelo conflictivo.

Por eso “progre buenaondita” funciona. Es un artefacto que condensa un diagnóstico en una forma popular. ¿Simplifica? Quizá, pero en una dirección que no juega en el terreno de estándares del elitismo cultural: la de orientar políticamente. Es decir, no es la palabra de un debate sesudo, es la de una pedagogía plebeya que enseña a sospechar de la neutralidad performativa; a no confundir identidad discursiva con posición histórica y a recordar, en el fondo, que el lenguaje también es acción. Ahí se ve su ingeniería. 

El conflicto alrededor del término pone de manifiesto una disputa por criterios de legitimidad en el campo progresista. ¿Vale más la pureza crítica o la responsabilidad de gobernar? ¿La ética de la convicción o la ética de la responsabilidad? ¿La coherencia discursiva o la congruencia práctica? “Progre buenaondita” aparece justo en ese cruce. No resuelve la tensión, pero la nombra desde un lado. Deja de ser trivial porque más que popularizar un mote, se volvió una herramienta para reordenar el campo. Un proyectil verbal, sí, pero cuyo diseño trasciende a la descalificación o el insulto facilón en la medida en que desplaza el lugar desde donde se cree hablar en nombre de todos. Y cuando una expresión logra eso, deja de ser adjetivo y se convierte en síntoma histórico.

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