"Progre buenaondita", o la ingeniería de un proyectil verbal
Desde luego, quien escuche el mote desde el modelo deliberativo liberal de democracia verá “empobrecimiento” en una etiqueta que reemplaza el debate por la descalificación. Pero esa reacción parte de un supuesto muy particular: la idea de que el espacio público es, o debería ser, una especie de seminario ampliado donde las posiciones se evalúan por su coherencia interna y su respaldo empírico. Modelo que, por definición, ya presupone un tipo de inclusión y otro de exclusión.
No obstante, un marco plebeyo de la política opera desde otra ontología. El criterio último no es la sutileza del argumento sino su inscripción en la historia concreta: quién carga los costos, quién asume las contradicciones de gobernar, quién se coloca cuando el conflicto no es teórico sino material. En ese marco “progre buenaondita” no cancela la crítica; simplemente hace visible que también es práctica social y toma de partido. Y que también puede convertirse en coartada para no asumir responsabilidad histórica.
El término hiere porque no acusa ignorancia o mala fe. Alguien puede genuinamente sentirse progresista y, sin embargo, hacer las veces de válvula política de un orden que no se quiere transformar. Más que discutir una idea, toca una identidad. Es desestabilizador porque señala incongruencia estructural. Para la facción cultural de la clase dominante, cuya autoridad descansa en la creencia de que su palabra es crítica por definición, eso es una pérdida de estatus. Es el paso de la universalidad a la posición. De la altura ética e intelectual al suelo conflictivo.
Por eso “progre buenaondita” funciona. Es un artefacto que condensa un diagnóstico en una forma popular. ¿Simplifica? Quizá, pero en una dirección que no juega en el terreno de estándares del elitismo cultural: la de orientar políticamente. Es decir, no es la palabra de un debate sesudo, es la de una pedagogía plebeya que enseña a sospechar de la neutralidad performativa; a no confundir identidad discursiva con posición histórica y a recordar, en el fondo, que el lenguaje también es acción. Ahí se ve su ingeniería.
El conflicto alrededor del término pone de manifiesto una disputa por criterios de legitimidad en el campo progresista. ¿Vale más la pureza crítica o la responsabilidad de gobernar? ¿La ética de la convicción o la ética de la responsabilidad? ¿La coherencia discursiva o la congruencia práctica? “Progre buenaondita” aparece justo en ese cruce. No resuelve la tensión, pero la nombra desde un lado. Deja de ser trivial porque más que popularizar un mote, se volvió una herramienta para reordenar el campo. Un proyectil verbal, sí, pero cuyo diseño trasciende a la descalificación o el insulto facilón en la medida en que desplaza el lugar desde donde se cree hablar en nombre de todos. Y cuando una expresión logra eso, deja de ser adjetivo y se convierte en síntoma histórico.
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