Volver a Atenas desde el Caribe


“Democracia”, insistía el presidente López Obrador, “es el poder del pueblo”. En la obviedad etimológica (demos, pueblo; kratos, poder) está toda la diferencia: devolverle al término su sentido literal. A los atenienses no les habría hecho falta aclararlo; a nosotros sí. Cornelius Castoriadis lo explicó sin rodeos: la democracia no era griega, era ateniense, y lo que hoy llamamos así sería, para ellos, una aberración.

Pero la historia da un giro imprevisto: el filósofo greco-francés confiesa que quien primero le habló de la democracia ateniense como problema actual no fue un oscuro filólogo europeo, sino un marxista trinitense, C. L. R. James (1901-1989), mejor conocido por su historia de la revolución haitiana (Los jacobinos negros).

Toda cocinera puede gobernar: un estudio sobre la democracia en la antigua Grecia y su sentido para nuestro tiempo (1956). El título del panfleto ya era una provocación. Alude a una frase atribuida a Lenin —“cada cocinera debe aprender a gobernar el Estado”— popularizada por la imaginería soviética y el poema de Maiakovski dedicado al revolucionario ruso. James cambia el verbo y con ello todo el sentido: no “debe aprender”, sino “puede hacerlo”. Ya no la promesa revolucionaria, sino la evidencia histórica: hubo una sociedad donde cualquiera podía gobernar... y funcionó.

El gesto de James es casi una burla a los contemporáneos suyos: un intelectual y militante radical defendiendo a los griegos contra los europeos. Un marxista negro reivindicando a la vieja Atenas para recordarle a Occidente que la democracia no la inventaron los ilustrados modernos, sino unos artesanos que sorteaban cargos y rotaban mandatos. Frente al radical chic en pos de la pureza del marxismo, él está del lado de la impureza del demos.

Una herejía con múltiples destinatarios. Su Atenas plebeya, lejos de una nostalgia anticuaria, parece más bien un espejo invertido: muestra que la igualdad no era idea sino práctica, y que esa práctica pasaba por desmontar la sacralidad de la inteligencia como forma de mando. No idealiza el pasado: plebeyiza la historia. Nadie enseña a gobernar porque gobernar es algo que se aprende al hacerlo. La democracia es una tecnología: si el poder no circula, se pudre; si se profesionaliza, se convierte en casta.

Por eso su lectura de Atenas suena menos a arqueología y más a antropología política: asambleas de miles, jurados populares de quinientos, cargos por sorteo y reelección prohibida. Lo que hoy parecería ingobernable funcionó durante siglos porque descansaba en una certeza elemental: cualquiera puede hacerlo.

En las antípodas, Platón, Sócrates y Aristóteles odiaban la democracia. El pueblo deliberante les parecía una aberración: zapateros opinando sobre guerra y presupuesto, carpinteros juzgando. James los retrata como los primeros burócratas del miedo profesional. Y uno los imagina hoy, transfigurados en académicos y analistas que siguen repitiendo la misma advertencia: la política no es para todos.

A nadie debería sorprender que un presidente mexicano llegaría por sus propios medios a la intuición de James. "No tiene mucha ciencia gobernar", dijo López Obrador una mañana en Ecatepec, para escándalo de quienes están habituados a formulismos de discurso prefabricado en coordinaciones de asesores. “La política tiene más que ver con el sentido común, que es el menos común de los sentidos.” Frases en donde cabe toda una teoría del gobierno. James habría sonreído. Lo que el trinitense llamaba autogobierno, el tabasqueño lo tradujo en lenguaje llano: la política como juicio práctico y no como expertise en gestión y políticas públicas.

Ambos, desde geografías distintas, defendían la misma sospecha: la democracia degenera cuando la política se vuelve profesión. A diferencia de las democracias modernas, fundadas en el voto que delega, la ateniense fue un laboratorio: nadie gobernaba solo, nadie para siempre. El cargo era un turno, no una carrera; la autoridad, un servicio rotativo; el azar por sobre la necesidad. James lo resumía con ironía: “Sería un hombre muy audaz quien dijera que aquel sistema fue inferior a las monstruosidades modernas donde los abogados despojan al público.”

Sin embargo, alrededor de esa apuesta ha nacido una nueva estética del poder: la de la "izquierda con Excel". No es un proyecto, sino una fascinación. Es la versión amable del sueño platónico: reemplazar la asamblea por el dashboard. El viejo ideal del filósofo-rey, más común de lo que se cree, a diestra y siniestra del espectro ideológico. No es, por cierto, la presidenta Sheinbaum quien lo encarna, sino sus intérpretes oficiosos, quienes más que describir buscan prescribir una mutación del campo progresista. El elogio a la presidenta científica, que no es ella sino su proyección, se construye sobre un fetiche: que decide con datos, que gobierna con lógica, que no improvisa. Todo lo que tranquiliza a quienes James habría reconocido enseguida: los modernos “guardianes de la razón”, convencidos de que el pueblo necesita tutores.

La izquierda con Excel no traiciona la causa popular; la domestica. Pero, como recordaba James, la democracia no se mide: se ejerce. Y se ejerce siempre al borde del error. Porque en política el riesgo no está en que la gente se equivoque, sino en que deje de poder hacerlo.

De ese hilo plebeyo pende también la continuidad que ahora representa Sheinbaum. No la presidenta convertida en emblema de eficiencia, sino la dirigente que carga con el reto de hacer funcionar la razón sin divorciarla del pueblo. En su caso, la ciencia no sustituye la política; su devoción por los datos no niega la imaginación colectiva. Si López Obrador creyó en la moral del sentido común, Sheinbaum parece apostar por su método. Son variaciones de una misma lección: la técnica sólo tiene sentido cuando se vuelve herramienta del nosotros.

No es casual que el obradorismo haya recuperado, en contra de la sensibilidad tecnocrática, mecanismos que recuerdan a la vieja Atenas: la revocación de mandato y el sorteo como método de selección, o la elección popular del Poder Judicial que devuelve al pueblo una potestad secuestrada por juristas y cúpulas. Son gestos que irritan a los guardianes del método porque invocan una verdad incómoda: la democracia se corrompe cuando se encierra entre profesionales. Frente a la democracia en manos de la tecnocracia, en sus mejores momentos el obradorismo ha apostado por un principio antiguo y radical: rotar, abrir, deliberar. Atenas lo sabía bien: el gobierno era oficio de todos. Las decisiones se tomaban en plazas abiertas, a la vista del conjunto. La sabiduría consistía en discutirlo todo y rotar a tiempo. Lo que mantenía viva a la democracia no era la perfección de sus leyes, sino la humildad de su mecánica.

Ese principio es más vigente que nunca. Cada época inventa su manera de expropiar la voz común: antes fueron los filósofos; hoy lo hacen expertos, analistas y académicos —y no pocos activistas— que confunden conocimiento con autoridad, los que siempre abogan por reducir la disputa política a disputatio escolástica. Pero la política —la verdadera— sigue perteneciendo a quienes la padecen y la practican. Lo sabía el trinitense que releyó a los griegos y lo repite el presidente que se burla de la “ciencia del gobierno”: gobernar no es un privilegio reservado a credenciales técnicas, sino un acto de reciprocidad.

Conviene, pues, recordar esa potente herejía: toda cocinera puede gobernar, con la A bien pronunciada. No como consigna sentimental, sino como principio de redistribución del poder. Nadie es tan sabio como para mandar siempre, ni tan ignorante como para no mandar nunca. La democracia empieza cuando el saber deja de ser excusa para mandar y vuelve a ser instrumento para servir. Y aunque los nuevos sacerdotes del método sigan temiendo el ruido de la plaza, ahí sigue latiendo la única ciencia de gobierno que importa: el arte plebeyo de decidir en común.

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Para seguir leyendo...

C. L. R. JamesEvery Cook Can Govern: A Study of Democracy in Ancient Greece, Its Meaning for Today (Correspondence, vol. 2, núm. 12, junio de 1956). Disponible en: marxists.org/archive/james-clr/works/1956/06/every-cook.htm,

(Existe una versión en español, aunque pierde el matiz femenino presente en la formulación de Lenin y en la lectura de James: 
publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/CS/article/view/3014/2492.)

Cornelius CastoriadisLa polis griega y la creación de la democracia (1982). Disponible en: omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/la-polis-griega-y-la-creacion-de-la-democracia.pdf

Cornelius CastoriadisC.L.R. James and the Fate of Marxism (conferencia en Harvard University, 4 de abril de 1992). Disponible en: libcom.org/article/clr-james-and-fate-marxism-cornelius-castoriadis

David Rodríguez, “C. L. R. James y el marxismo del Sur global. Homenaje a 120 años de su nacimiento”, El Salto Diario (4 de enero de 2021). Disponible en: elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/c.l.r.-james-y-el-marxismo-del-sur-global.-homenaje-a-120-anos-de-su-nacimiento

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