Cristeros kawaii, o Ensayo General del Otoño Conservador

En estos últimos meses, las inercias del viejo régimen tantean la posibilidad de un improbable asalto al poder. El conservadurismo mexicano, huérfano de imaginación y de país, hoy ensaya un cóctel de desesperación: banderas de One Piece, argot mileista (“zurdos de mierda”), algún toque de bukelismo, otro tanto de MAGA y, como quien siempre lleva a México en la piel, el llamado "movimiento del sombrero" como ingrediente nacional. Este último, el único nacido de una desesperación real ante la violencia estructural y la indolencia del poder local en Michoacán, pero que en manos de la nueva rebeldía termina reducido a "nota de color" para ambientar una puesta en escena.

Lo que se vio en las calles el 15 de noviembre no fue una juventud descubriéndose subversiva, sino contingentes ya venerables tratando de exorcizar sus frustraciones, acompañados por la ternura solidaria de “bloques negros”, a la usanza de otros movimientos que antes pusieron en jaque a la 4T. La novedad —preocupante y ridícula a la vez— es que esta farsa sí tuvo un componente de violencia, un punto de inflexión en el repertorio de una oposición que frente al obradorismo había preferido el editorial a la piedra. Queda en veremos si ese exceso aliena las simpatías que dicen cultivar o si presenciaremos a tías y tíos panistas redescubriendo su herencia cristera en el otoño de la vida.

Pero la escena es más conmovedora que convincente.

La derecha que alguna vez pretendió encarnar la modernidad —tecnócratas de altos vuelos, reformas estructurales, democracia de contrapesos— hoy desfila haciendo cosplay. Vimos un conservadurismo fatigado intentando representar a una “generación”, entendida como categoría de mercadotecnia que reduce a millones de personas (“nacidas entre 1997 y 2012”) a un segmento útil para vender sneakers, pero no para entender un país. Que la torpeza política venga acompañada de mediocridad sociológica no sorprende, pero siempre provoca una sonrisa verlos ensayar una épica de utilería para competir con un movimiento construido a ras de tierra, no a golpe de tendencia. Frente a la dignidad restituida del pueblo, la escenografía conservadora se vuelve caricatura. Esa economía afectiva siempre deja ver lo que oculta: no hay una experiencia nacional que sostenga el gesto.

En su torpeza, confirma algo que resulta incontrovertible: el conservadurismo mexicano perdió no sólo la autoridad moral, sino la capacidad de significar. El viejo bloque, incluso con liderazgo renovado, no sabe qué decirle al país, y la importación acrítica de discursos y parafernalia lo evidencia. No es la primera vez: el intento —tan fugaz que sólo existe mediante actos de memoria— de replicar a los “chalecos amarillos” franceses fue un ensayo de esta misma ansiedad. Hoy hicieron de Luffy un detente de emergencia para canalizar la indignación del clasemediero politizado de la Benito Juárez.

La imagen es reveladora: lo que emerge no es una derecha rejuvenecida, sino un movimiento envejecido escondido detrás de iconografías que no le pertenecen, incluso contradictorias con sus valores. Una revuelta sin historia. Un disfraz que se deshace apenas sale a cuadro. En ese vacío, el conservadurismo encontró apenas un breve espacio para posar como juventud, aunque la mayoría de quienes marcharon rondaban la mitad de la vida. Y, contrario al interés de quienes han hecho de la “batalla cultural” un modo de vida —y de ingreso—, lo que vemos es la confirmación de su fatiga. Un bloque que no puede imaginar país busca refugio en la estética ajena; un proyecto que nunca habló con el pueblo intenta ahora hablarle desde monos chinos.

El contraste no es estilístico ni de "narrativa": es histórico y social. Mientras la derecha decide que la subversión es un producto importable, el obradorismo reconstruyó la política desde el territorio y la experiencia histórica del pueblo mexicano. Por eso el intento conservador es tan frágil: no porque fracase tácticamente, sino porque fracasa performativamente. No nombra ninguna verdad de México, y cuando intenta hacerlo, la desvirtúa. Los ejemplos abundan: el feminismo, la pandemia, las personas desaparecidas, el medio ambiente, los desastres naturales, o la violencia del crimen organizado (ayer Teuchitlán, hoy Uruapan).

Recordemos que la eficacia de un discurso depende de ciertas condiciones sociales. Debe haber una comunidad que reconozca la autoridad, el lugar y la experiencia desde donde se habla. La oposición conservadora no cumple ninguna: ni autoridad moral, ni comunidad de referencia, ni vínculo con los sujetos que invoca. Nombran causas que no les pertenecen y el acto de habla falla: no denuncian, no representan, no interpelan. Sólo producen ruido porque no enuncian, sino distorsionan.

Estos procesos, lejos de debilitar, depuran. López Obrador lo formula con una precisión que no necesita glosa: “Ha sido para bien que emerjan estas ideas, definiciones o creencias que se mantenían encubiertas, soterradas, porque la simulación ayudaba a mediatizar y a inhibir el proceso de cambio de mentalidad y de liberación”.

Ahora, sin simulación, se ve todo: quién habla, desde dónde habla y al servicio de qué habla.

Y en esa claridad —cruel, luminosa—, el encuadre no les favorece.

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